Guerra onírica
Julia Basurto
El minutero parece alcanzar a la mano que marca las horas; sin embargo se mantiene con los labios a una distancia nimia, casi imperceptible. Los segundos se abandonan a la suerte de un solo dedo que se mece sobre vaivenes estáticos, perseguido por un tic-tac que insiste frenéticamente en acariciar el pezón del nueve, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda en un rango no superior al radio de un círculo vacío. Es a estas horas cuando la monotonía del reloj nos dice que aquel martilleo que canta con voz descolorida es el tiempo y que no lo es; aquí no existe. Pero ocurre que hay un zumbido persistente declarando la posibilidad de las horas, merodeando en los oídos de la negritud. Es un sonido que siempre que emana de las sombras lo hace con los mismos bríos, con el mismo ahínco desvanecedor de la sangre y es entonces cuando en la oscuridad esplende el aleteo que fatigadamente trata de ahuyentarlo; aunque después regrese con agudeza estentórea y se renueve con el contacto de la carne blanda. El segundero acaricia con la yema de los dedos los testículos del ocho, embebido por esta tarea, se olvida una vez más de hacer girar los mecanismos de este sueño bélico en donde ondeamos una bandera para rendirnos ante el enemigo invisible. |