La Profanación
Felipe Guevara
26 de noviembre del año 1702 del nacimiento de Nuestro Señor
Señor Arzobispo, Fernando de Salazar:
Es mi intención, y también mi deber, hacer de su conocimiento una serie de hechos casuales que parecen estar hermanados por la constante de los temblores que sacuden esta parte de la Nueva España. El ocho de octubre del año en curso, después del fuerte temblor que siguió a la demolición de la Iglesia de Santa Isabel –que algunos atribuyeron al enojo de Nuestro Señor, por ver derruida su casa–, y del que V. M. tiene conocimiento gracias a la excelente relación que del mismo se encargó de escribir y de enviarle Fray Ernesto de Cárdenas, encontré en uno de los libros más viejos que se guardan en el monasterio de San Antonio del Prado, y que por causa del temblor había precipitádose desde el último anaquel del alto librero en que estaba olvidado, un manojo de hojas amarillentas escritas a mano cuya redacción, según la fecha, data de la segunda mitad del siglo que acaba de terminar. En él estaban rubricados dos textos que me parecieron dignos de atención. El primero versa sobre uno de los ídolos a los que los nativos de estas tierras profesan idolatría; se trata de una extensa relación acerca de ese demonio al que los indios nombran Tlaltecuhtli en su lengua, y que afirman que es su dios de la tierra, facultado de producir los temblores o de guardarlos de ellos, entre otras cosas. En la relación está de manifiesto que muchas de las jambas que se construyeron para sostener las iglesias católicas, al ser trabajadas por los naturales de estas tierras, fueron grabadas en sus bases con el rostro de este ídolo. La finalidad de esto, según dice la relación, es la de hacer que el ídolo esté siempre vigilando la tierra. Yo he enviado los papeles, (como manda el decreto real emitido hace cinco años que dice que los documentos de valor histórico serán resguardados la biblioteca fundada en el año de 1646 por el Obispo Juan de Palafox y Mendoza), a la ciudad de Puebla, porque los he considerado un documento importante para el estudio de las maneras de comportarse de los oriundos de estas tierras, y que pueden aportar luz en la dura tarea de evangelizar a los indios que aún hoy se resisten a la enseñanza cristiana. Sin embargo, el otro texto que encontré junto al primero (y que resalta por el extraño estilo en que lo escribió su autor) lo he conservado conmigo. Si bien es de una extensión mucho menor, he ponderado que puede ser muy grato para su conocimiento. Es un relato anónimo fechado diez y seis días después del gran temblor que asoló esta parte de la Ciudad, en el día de fieles difuntos.
También es mi intención comunicarle a usted que esta mañana curiosamente han traído al monasterio la base de una de las jambas que sostenían la antigua iglesia de Santa Isabel con la efigie de este ídolo, Tlaltecuhtli, grabada en bajo relieve, para fregarla y limpiarla de impurezas, y para hacerla del conocimiento de todos en exhibición pública. Al enterarme de la noticia he sentido un impulso que me ha estimulado a escribirle sin retardo alguno. Adjunto a la carta que lee las hojas contenedoras del relato anónimo del que le hecho mención. Espero que sea del agrado total de V. M. y aún confío en que V. M. sabrá entender la incertidumbre que me han entrado al conocer la noticia de la base de la jamba que esta mañana nos ha llegado al convento.
-P. Carlos Antonio de Morales.
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La profanación
Debió ser de este modo; el dios sostenía el peso del mundo sobre sus hombros, sobre su rostro, sobre sí mismo, y su rostro y sus hombros eran fuertes y esplendorosos, de altivez inmensa. En definitiva debió ser de este modo; cada uno de los días la tierra comulgaba angostamente con el dios pleno, hinchándose de verde, y él, húmedo de tierra, trascendía en el tiempo incubando insectos perennes, ciegos a las luces del día y de la noche y ciegos también al dios perpetuo de labor perpetua: comunicar a la tierra con la tierra misma, ser puente entre el mundo interior y el mundo exterior. Dios de la tierra, dios del temblor, dios sostenedor del mundo, dios de natural condición de anonimato en bajo relieve, dios grabado en mineral milenario tan viejo como la vejez del tiempo. Y con la lluvia, ¡ah! con la llovizna tierna –como la que justo golpeaba las tejas con su delgada música– la tierra debía volverse fragante y fresca, dulce bálsamo para sus anchísimas fosas nasales y fresquísimo alivio para sus ojos volados, blancos de tanto apuntar hacia arriba en busca del imposible cielo.
El dios postrado sobre la mesa proyecta su imagen pétrea al infinito. Esteban lo mira fijamente sin alcanzar a comprender lo que nadie, salvo el dios, comprende; le teme. El rostro de la imagen, tallada en la base desprendida de una de las jambas que habían sostenido a la iglesia ahora demolida, mete escalofríos en la piel. También el frío del aire se le mete en la piel a Esteban, el aire que acompaña a la lluvia de noviembre. Al momento, arriba en la azotea, tip tap, tip tap, las gotitas juguetonas hacen cosquillas a la techumbre de lámina y tejas, tip tap, tip tap, como su corazón, tip tap, tip tap, que Esteban escucha y más que escucha, siente golpeando fuerte en el pecho al tiempo que profana la imagen divina. Esteban pasa el trapo húmedo sobre la efigie de Tlaltecuthli y su corazón es verdaderamente un tambor.
-Límpiala bien Esteban, que no le quede tierra, y cuida mucho no hacerle lodo con el agua. Fíjate bien en las grietas Esteban, sácale todos los gusanos que encuentres.
La tarea estaba cumplida. El dios limpio, luciente para la cena de la noche, hacía acopio de gala para su presentación ante la visita de peninsulares. –Es nuestra, señor, mi marido la acaba de comprar por tres reales de a ocho, dicen los indios que la imagen labrada es la de su dios de la tierra, tiene un nombre en lengua de indio. ¡Esteban! ¿Cómo dicen ustedes que se llama?... ¿Esteban?
(Tlaltecuhtli: dios de la tierra, dios del temblor, dios sostenedor del mundo, dios de natural condición de anonimato en bajo relieve, dios grabado en mineral milenario tan viejo como la vejez del tiempo)
-Tlaltecuhtli, señora.
Tip tap, tip tap, el corazón del indio late en grandes vuelcos al compás que le dejó la lluvia, tip tap, tip tap, el nombre del dios no se debe pronunciar a la ligera y sin razón, el nombre del dios no es de labios mortales que deliberan acerca de precarias cuestiones, no acerca de la divinidad. Nunca tocan la imagen pétrea del dios sin permiso, ¡nunca! Tiptaptiptaptiptap, el corazón indio y la lluvia se aceleran.
Pobre indio nativo novohispano, acababa de culminar su gran falta. Tlaltecuhtli, dios de la tierra, dios del temblor, dios sostenedor del mundo, dios de natural condición de anonimato, era ya un dios ofendido, encrespado, profanado. Esteban el indio huye a su aposento, mejor pensar en un dios tranquilo, mejor pensar en un dios redentor y dormir en paz, dormir en paz hasta que despunte el alba…
El dios se sacude el denuesto desde la superficie de la tierra a un férreo compás que no es más compás de lluvia, no es más compás de corazón de indio. Música asonante, discorde, estridente, estentórea de dios estentóreo que hace que los árboles bailen y la tierra brinque cambiando de sitio, hasta el agua estacionada a los pies del chopo modifica su destino y pierde su porqué, rompiendo el honrado reflejo de los cielos, partiendo a la luna en mil agónicos hervores de pez y de burbuja, ebullición de cristal moviente, coro translúcido que grita con mil lenguas en la oscuridad. Sinfonía nocturna de pájaros en vuelo, de felinos en carrera, de cacofonías en movimiento. Polvo viajero bailando una danza ingrávida, etérea; hermoso intangible que nace de las paredes en caída libre hacia las fauces divinas. Jadeo del dios trépido, que esa noche, acompañado del tambor de la tierra canta una única canción sorda: ¡Caerás! ¡Caerás! ¡Caerás!
16 de noviembre de 1661 |