De la mujer elegante
Leopoldo Lezama
Se había sentido mal, se levantó muy temprano y salió al patio. La madrugada era fría y había llenado de una fina escarcha el metal de los barandales. El aire entró en los cuartos e hizo temblar los cuerpos de los niños dormidos, pues aún no daban las seis de la mañana. Entró a la cocina, miró alrededor, la estufa sucia, la mesa pequeña llena de trastes amontonados. Respiró con dificultad, tuvo miedo.
No tenía ganas de trabajar y ni siquiera de levantarse. Los días habían sido en extremo pesados aunque en realidad no era por la carga de trabajo, o por problemas de siempre, de todos los días y toda le gente. Había sido invadida por una de esas sensaciones que llegan quién sabe de dónde y por qué, y no se van jamás. De pronto se iba instalando la certeza de que las cosas saldrían mal. El trabajo sería lo de menos; algo de adentro se estaba desmembrando, la realidad misma había adquirido una fragilidad tal, que en cualquier momento iba a transformarse en otra cosa, en otro territorio que desconocía. ¿Qué era? No sabía, únicamente la inundaban presentimientos atroces, la frente y las manos se llenaban de sudor, los brazos se endurecían, los oídos retumbaban, querían decir una noticia horrible.
Al principio esto se manifestaba mediante un conjunto de inquietudes menores; acaso no llegaría a tiempo con los gastos, acaso los pendientes serían demasiados y no terminaría. Pero conforme fue pasando el tiempo vio que aquella presión sorda no provenía de este mundo sino de otro sitio. La presión hizo mucho ruido, la hizo gritar, romper objetos de la casa, la hizo pelearse con compañeros de trabajo y con sus hijos. Pero la presión se fue ensordeciendo, los gritos, los temblores se fueron calmando, y entonces, con miedo, comenzó a darse cuenta de que todo provenía del fondo de ella misma, de un fondo en el que no se podía ver ni escuchar nada, mucho menos pensar. De esa cueva llegaban sólo espectros que lastimaban con mecanismos frente a los cuales no podía defenderse. Y esas mismas presencias, aunque no se descubrían, sí le habían dado el monstruoso regalo de concebir sensaciones malignas.
Las primeras consecuencias las sufrió el sueño; no dormía, la noche se convirtió en el espacio perfecto para que la mente penetrara hacia las inmensidades profundas. Comenzó a pensar demasiadas cosas, los recuerdos, las angustias, las elaboraciones fueron muchas; todas se mezclaban para derivar en algo trágico. Pronto el contenido de sus pensamientos le pareció un simulacro construido desde siempre para representar, en algún momento, un acto homicida. Luego el cuerpo comenzó a cansarse pues el pensamiento lo consumía todo, el rendimiento no era el mismo, se le olvidaban cosas con frecuencia, se fatigaba aun en horas tempranas, pero milagrosamente fue poseyendo una lucidez magnífica. Su manera de ver, de hablar, de organizar ideas y argumentos sorprendió a todos. Así duró meses, padeciendo un organismo que crecía a diario, lenta, paulatinamente, invadiendo cada nervio y cada fragmento de oxígeno.
Muy pronto la hermosa y respetada editora de una de las casas más prestigiosas del mundo estaba completamente irreconocible. El éxito, la admiración, la fortuna, cosas que le habían interesado toda su vida, las fiestas, los cocteles, las presentaciones, los hombres, las amigas, las buenas ventas habían dejado de importarle. Sus cercanos habían sido testigos de la degradación; la mayoría, con morbo, insistía en que debía visitar al psiquiatra, pero ella hacía tiempo que no los escuchaba. Por amistad y respeto, porque a pesar de todo resolvía los problemas fundamentales, los superiores la mantenían trabajando.
Cada vez hablaba menos, su paso se volvió pausado, su voz ronca y sinuosa, su mirada se aletargaba lo mismo en un libro que en un muro, o en los amplios ventanales. Su pensamiento adquirió otro ritmo, comenzó a habitarse, describía en silencio formas que están vedadas para cualquier tipo de visión convencional. Tenía miedo, un miedo absoluto, un miedo por sus hijos que estaban resintiendo aquellos cambios. Pero era un miedo distinto el que sentía cuando pensaba en sus hijos.
Una mañana no llegó a trabajar. Sus compañeros, preocupados, se enteraron de que tampoco había llegado a dormir una noche antes. La buscaron, llamaron a delegaciones y hospitales. Uno de los correctores dijo que la había visto sentada en un parque cercano mientras venía al trabajo. Entonces la obligaron a ir al médico, le dieron dos semanas de descanso pero nada cambió. El último día se le vio contenta, recuperada. Fue amable, vital, la vieron reír; sus cercanos creyeron que la crisis estaba pasando. Pero la mente le hizo una jugada más.
Preparó la cena, habló con los niños lo sucedido durante el día, vieron una película, platicó hasta que los vio dormidos. Luego, con una cautela lastimosa se dirigió hacia la cocina, abrió un cajón, sacó un cuchillo. Eran casi las seis de la mañana cuando cogió a la niña de los cabellos, quien se despertó de súbito y comenzó a llorar, desesperada, cuidando por instinto con sus manecitas el cuello que era reventado por fuertes cuchilladas. El niño mayor alcanzó a comprender, se levantó y corrió hacia la puerta del cuarto, pero ella, poseída de un odio, de una fuerza inexplicable, lo alcanzó y le acuchilló la espalda. Todavía le tasajeó el rostro cuando él, berreando, le suplicaba que no le hiciera daño. Luego le besó la frente y lo abrazó largo rato.
El amanecer llegó pronto, las calles tenían el frescor de los montes que se divisaban a lo lejos, y el cielo mostraba el azul grisáceo de los primeros instantes de luz. Al interior de la gran avenida los coches pasaban despacio, trataban de esquivar el cuerpo sin vida, inmóvil, roto, de la mujer elegante. |