°°°Ensayo - La calle de los doradores

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La vida literaria .3 : °°°Ensayo - La calle de los doradores
La calle de los Doradores

[[SUBTITLE: Jorge Rubio

He pensado con dificultad sobre cuál es mi calle favorita; en medio de esta cuidad es casi imposible lograrlo. La estructura de mi cuidad resulta ser demasiado compleja: distribuidores viales, puentes, callejones, segundos pisos, ejes paralelos que suben y bajan por la urbe. Todas éstas, un circuito venoso de asfalto.

Hay tantas avenidas y caminos por los que uno transcurre. El hecho de tener una rutina –cosa común entre los habitantes de una capital– no significa estar inmóvil y sujeto a un camino, pues factores como la rapidez colectiva sugieren siempre buscar una vía alterna que nos desemboque en nuestro destino. Así que el favoritismo hacia una calle me es impensable. El hombre citadino pasa tan poco tiempo en un lugar –las familias se disgregan, gente emigra y arriba, el tiempo nos consume monstruosamente–; de modo que el afecto que siento, surge de la esencia cosmopolita: de la gente, los autos, del metro, la basura.
Ahora pues, el otro lado de la vida cotidiana resulta en el momento de llegar a nuestra casa y alejarnos un poco de la algarabía diaria. Para responder la pregunta que me formulaba anteriormente les puedo decir que mi calle favorita no se encuentra en la guía geográfica de la cuidad sino aquí, tras esta ventana, en este cuarto. Mi calle favorita está entre las páginas 34 y 36 del Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. La calle de los Doradores se encuentra en la Baixa, o parte llana de la cuidad de Lisboa, y desemboca en la Praça de Figueroa. En esta calle se encuentra el estrecho departamento de Bernardo Soares, heterónimo creado por Pessoa; y desde ahí, he visto muchas veces pasar el tiempo.

La particularidad de esta calle, y por lo que siento un cariño hacia ella, es que la calle por sí misma, desde el lugar en el que la abordes, representa la Vida. Buscar el lugar más cómodo y encontrar el apartado 6, 7, 8, tiene algo de especial. Recostarse, prender una lámpara cercana, observar –y leer– algo que no nos será ajeno.
Hoy suena una campana que, atenta al reloj, repica y llama a misa a todos los que apenas van despertando en domingo.

Hace tiempo que he dejado de creer en Dios o en sus imágenes, –algo muy usual en estos tiempos– pues he encontrado una pasión que nada tiene que ver con conversar llevando la mirada al cielo, sino cegar la vista y buscarse por dentro. Desde aquí veo a una joven que sale del portón café cantando y presurosa por seguir los siete repiques. El séptimo día de la semana usa zapatillas blancas. La he visto acompañar a un par de zapatillas amarillas, otras azules. La noche que por poco me animo a salir de la lectura e ir a encontrarla en cualquier parte, llevaba las zapatillas rojas que bien saben quedarse en los pies aunque todas las demás prendas caigan al suelo. Pienso que me gustaría más charlar con ella y hacerle preguntas que me conteste ruborizada. Pero nada de salir de este cuarto por un motivo dominical y tan común para la calle de los Doradores.

Otro día retomando la lectura, veo al carnicero abrir su cortina con esfuerzos y agitado. Descarga su vehículo y separa la res por partes con su cierra y filetero. Cada sección del cuerpo del animal es destazada con un ahínco que parece ser amable y cariñoso. Pareciera repartir la muerte. Es hacer con pasión un oficio. En la calle de los Doradores todos saben las obligaciones que les corresponden y en juzgar los empeños ajenos nadie toma partido. El servicio que ofrecen los comerciantes y servidores es puramente entendido como eso: como un oficio; sólo que en esta calle, oficio sí se comprende por vocación y compromiso a lo que resulte de sus actos u opiniones.
Si convocaran filas militares deberían de hacerlo con la gente de los Doradores. Ahí, todos los días la gente pelea primero por su vecino y después por sí mismo. No es poco el tiempo que llevo leyendo una y otra vez estas páginas y siempre en su lenguaje, los capítulos nada dejan para sí y, me comparten, aunque nunca salga de mi cuarto, las verduras y frutas que se venden del otro lado de la acera. En épocas de lluvias, cada familia –entendiendo por familia desde un hombre solo en un piso con ventana hacia la calle de los Doradores– alberga una cantidad suficiente para sí y otro tanto para la gente que por curiosidad, obligación, accidente, etc., tome estas páginas y secciones, ajuste su vista detrás de la ventana y observe la Vida desde adentro.

Para la calle de los Doradores la Vida es, sin tantos rodeos, la Vida misma. Quiero decir que en su pensamiento no existe el afán de contraponer una teoría anterior, o demostrar que el pensamiento de éste es superior al de aquel. El pensamiento es “respetado” única y exclusivamente por ser auténtico e irrepetible. La imitación, por otro, lado es algo que el arte de los habitantes no ha descubierto; pero sí ha manifestado en la forma y colores de sus calles una singular tonalidad que nada se parece a los colores que en una escala cromática reconocemos fácilmente. Por ejemplo: el rojo es llamado boca y los diferentes tonos no varían en su tono sino en su forma.
Hace tiempo hubo una disputa en la calle de los Doradores. Uno de los lectores robó de la panadería que abre de diciembre a enero, una pieza de pan. Para algunos de los habitantes, esto constituía más que un robo, un abuso. Para otros, la actitud del lector –que después se supo tenía cierta maña en eso de los libros y era algo así como un lector experto– parecía ser algo muy natural. Argumentaban, los defensores del cleptómano, que el lector había actuado por necesidad. Los contrarios, porfiadamente decían que el lector sólo robó el pan para tenerlo en su posesión y del hambre ni siquiera se acordaba. Un voto fue el definitivo para arreglar la discusión. En la urna que apareció la boleta decisiva se leía:

[[CITE: “El día en que este hombre tenga hambre, el pan estará inservible”.


El amor que hacia esta calle profeso es difícil de explicar. Desde este lugar, veo todos los momentos que en otras calles he vivido; los leo, los escucho, los repaso una y otra vez. Los juegos infantiles con mis vecinos que ya no están en los Doradores; las tardes en la papelería con esa mujer gorda y bonachona de pestañas postizas. El perro que era mío y que siempre estaba paseándose por otros barrios quizás ahora esté en textos más viejos o futuros. Estará en Saint Germain de Pres con la Maga y Rocamadour, estará en Macondo, en Comala; vivo o muerto.

Leo y recuerdo el día en que llovió tanto granizo que pude salir a arrojar bolas de hielo con mi hermana o el tiempo en que me cambié de calle a otra igual o de menos páginas.

Pero no dejo que la calle de los Doradores me cuente de esas veces en que no podía salir si no hacia mi tarea, y el señor del carrito de los dulces tocaba una corneta y se paraba justo enfrente de la ventana en la que ahora siempre leo.


Es difícil leer las peleas que han llegado a la calle de los Doradores, las marchas, los sesentayochos, el patrón Vasques y la monotonía de su vida. Es imposible que no llegue y pase por esta acera. Lo que quisiera prohibirle a estás páginas es su verdad, la verdad que se observa y no se toca por estar desde un cuarto tras una ventana. El apartado 7 de este libro no me dice por qué cerraron la cantina que estaba justo en la esquina y de donde mi padre no ha salido. Será que los libros después de leerlos no dicen, tú les hablas.

Nada más queda decir de la calle de los Doradores que, como cualquier calle, el tiempo es fundamental para las casas, los recovecos, las cerraduras, para su gente. La calle de los Doradores de seguro tuvo otro nombre para mi abuelo, para mi padre y lo tendrá para mis hijos. Puede que ya no sean las páginas 34, 35 y 36, sino un recuerdo, una fotografía, una pintura, una canción, algo que les muestre lo bello que es la vida. Algo que los invite a observarla, a detenerse y observarla, a hacer poesía.

Y una vez que esté hecha, no escrita, hecha, deje su cuarto, cierre la ventana y salga a la calle a disfrutar de la poesía que otros anteriormente, desde su ventana, han creado.