Borboletta
Samuel Cortés Hamdam
Carlos Santana no es músico de un disco, ni de una sola intención genérica en su trabajo. Por el contrario, desde su alumbrado debut en el Festival de Woodstock, celebrado en el verano de 1969, ha desarrollado una discografía sorprendente en su grosor y calidad, colaborado con una buena cantidad de excelentes músicos, y experimentado con las posibilidades de su instrumento y su condición expresiva hacia las composiciones de fusión, que abarcan lo jazzístico y bluesero, la salsa latina y el góspel afroamericano.
Sería sumamente injusto valorar a este mexicano por sus trabajos más mediatizados y recientes, los nueve premios Grammy obtenidos hace ya casi una década, sus colaboraciones con Maná y Matchbox Twenty; en los que si bien la calidad del solista no decrece tremendamente, tampoco son un ejemplo equilibrado de lo mejor de su carrera —no contienen los aspectos más intensos y logrados en su música.
Borboletta (1974) es uno de sus discos más jóvenes, ejemplo principal de ese otro periodo de su carrera, donde en verdad fue capaz de llevar a puntos cumbres su ejecución y composiciones, y de expresar, a solas con Dios y su instrumento, la música. Fue publicado apenas cinco años después del histórico estreno mundial de su creador, y concebido dentro del cauce experimental que, luego de la disolución de la primera banda Santana, inaugurara el también magnífico Caravanserai (1972). Se trata de una grabación riesgosa y atrevida, que busca un sonido personal y autónomo, atildado, un conjunto de ejecuciones auténtica y visiblemente propositivas, una fundición exaltada de las múltiples voces que constituyen la banda, en la subordinación provechosa de la individualidad a la idea de ensamble, rumbo a la generación de un sonido compartido que haga en su amplificación el arte.
El disco se grabó con la siguiente alineación: Tom Coster en los teclados, Armando Pedraza en las percusiones (uno de los aspectos instrumentales más ricos del disco), Jules Broussard en el saxofón, y Carlos Santana en la guitarra.
Es un trabajo imbuido del contenido espiritual de su autor; tiene un matiz si no religioso al menos preocupado del asunto de la divinidad, que en el disco no es un emperador ajeno al cosmos, situado por encima de él y en inalterable dominio, sino la substancia en la médula de todas las cosas y externa a su vez, que las envuelve en una niebla compartida, común a cada especie y ser terreno, los minúsculos y los descomunales. Las letras del disco celebran a la naturaleza como instancia de la revelación. El mismo disco es un recorrido por bosques y hábitats de mariposas y papagayos. Comienza y termina con cantos naturales, donde los grillos y el viento en las hojas son concertistas; la banda se integra a su compás y luego desaparece en su ramaje, y no a la inversa.
Desde el éxtasis musical, Borboletta busca la disolución del Yo y su ulterior fundición con el Todo, alcanzada por medio de la exaltación de los sentidos, la ebriedad de los nervios que termina por hipersensibilizar al espectador y mantenerlo en una alucinada, casi onírica, condición de vulnerabilidad y excitación. El discurso siempre enérgico y positivo de cada canción (la renovación esperanzada de Life isa new, el funk jocoso de Give and take, que es también la proposición de una ética, el panteísmo flagrante de One with the sun, cuyo sonido es una ceremonia de iniciación y un gozo de inmensidad, la nobleza expresiva de la suave Practice what you preach) conduce sutilmente hacia el estallido final, uno de los momentos más impresionantes y optimistas en todo el disco, sólido, cuando ocurre el cambio velado de Flor de canela a Promise of a Fisherman: el último y magnánimo aliento, donde ya se mira una ráfaga potente de mariposas azules atravesando el firmamento por encima de la cabeza del solista. Cada avance de intensidad y amor por el universo concluye en esta última revelación orgásmica, que deja entrever un ánimo dionisiaco, al que acuden bestias para hacer con sudor y graznidos la danza, el éxtasis que va creciendo hasta padecerse en escándalo.
El disco es una apertura de los sentidos, un esfuerzo por denostar la cotidianeidad y la eficacia del mundo moderno-mercantil empuñando lo que dignifica al hombre como especie (entre otros aspectos, o éste específicamente haciéndolo desde el color): la estética. Es mensaje de goce y revuelo liberados que resulta invitación y cordial apertura a la revelación y el aprendizaje, in time with music of the universe.
Un trabajo unificado de principio a fin por la persistencia de su ánimo, que hace de las doce pistas y sus 49 minutos un solo oleaje expresivo, que debe escucharse y entenderse así, como unidad. Disco de una euforia poco conocida entre los espectadores de moderado impulso aventurero que se han quedado en los umbrales del amplio territorio sonoro que hoy por hoy ha logrado configurar Carlos Santana, luego de 40 años de carrera musical, merecedor de un lúcido reconocimiento en nuestro criterio de público en busca de la genialidad |