°°°La pluma del gato

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La vida literaria .3 : °°°La pluma del gato
Columna: La pluma del gato

Atravesar el epígrafe

Alfonso Montoya

Tenemos, como género, como individuos, una espina incómoda que nos hiere constantemente —a veces con desprecio, otras con consideración casi tierna—: la soledad. Y tendemos puentes, arrojamos cuerdas; algunos hombres sin metáfora, otros no menos desesperados con ella. La palabra misma es ya puente, sutil y discreto por lo ordinario, pero siempre puente. En literatura, los hay más notorios por poco transitados, entre ellos el epígrafe.

Una definición de “epígrafe” proveniente del diccionario, por más especializado que éste sea, me resulta insatisfactoria: se dice que resume presupuestos del texto, que anticipa su orientación general. La definición es incompleta porque está demasiado quieta, no vibra, y es así porque deja de lado el “relampagueo dionisíaco” del que habla Torri en “Del Epígrafe”. Intentar explicar tal centella con palabras del modo en que el diccionario explica —reduce— las cosas, sería, más que irrelevante, triste. Quien haya vislumbrado el golpe de este resplandor —que es el golpe de la realidad sin nombres— convendrá conmigo.

El Epígrafe surge de la necesidad de “expresar relaciones sutiles de las cosas” y “su naturaleza es más tenue que la luz de las estrellas”, sugiere también Torri. Las relaciones que un epígrafe establece, la presunta conexión que hace de diversos puntos, es discreta; tanto que su figura permuta. Será el lector el que atraviese o no tal puente y, dependiendo del epígrafe, del texto y del mismo lector, este puente será un dorado sanfranciscano de hierro, un pontón anónimo de selva, una delgada cuerda que exige equilibrio y concentración.
En estricto sentido los epígrafes nunca son necesarios, acaso por eso los usamos, nos interesan y fascinan. No obstante, deduzco ciertos efectos que aparentemente poseen. Los epígrafes bien pueden instaurar un tono, provocando que el lector cruce hacia el texto con cierto temple de ánimo; pienso, por ejemplo, en los epígrafes de Sófocles y John Bunyan usados por Lowry en Bajo el Volcán. “…gladly would I have been in the condition of the dog or horse, for I knew they had no soul to perish under the everlasting weight of Hell or Sin, as mine was like to do.”

Borges comienza “La Biblioteca de Babel” con un epígrafe que encuentro asombroso: “By this art you may contemplate the variation of the 23 letters…”. En este caso, como en muy pocos, el cuento es espejo del epígrafe y visceversa. El lazo entre los textos sugiere una comunión en el pensar, que cruza desde La Anatomía de la Melancolía, escrita por Robert Burton en el siglo XVII, hasta el cuento de Borges. El vínculo, de cualquier modo, no deja de ser sutil y probablemente esa sutileza resulta tan en extremo aguda que aparenta obviedad; imagino este puente inmaterial: el reflejo de dos espejos enfrentados desde los filos de un sumidero que tarda trescientos años en ser librado. Y la imagen es la de ambos espejos reflejados infinitamente el uno en el otro.

Visto desde otras perspectivas, el epígrafe también define genealogías escriturales. Por medio de ellos un escritor se “afilia” a cierta tradición literaria, ya sea epigrafeando sus complacencias o —no sin ironía— sus disconformidades, ya que la naturaleza de las relaciones entre el epígrafe y el texto al que encabeza no tienen necesidad de ser siempre armónicas. Más aún, cualquier manifestación verbal es materia para un epígrafe. Canciones, refranes, versos, chistes, encabezados de periódico, etc.

Los vínculos verbales que podemos dar a luz son inconmensurables; de modo que de entre todo ese universo, los epígrafes que me agradan son los arriesgados. Porque si las sugerencias son ya de por sí vaporosas y todo epígrafe resulta prescindible, el acto de atravesar un puente innecesario debería poner en juego algo en las cuerdas más íntimas del hombre que elige y escribe, pero también en las del lector. Como ejemplo cito dos epígrafes. El primero precede a Sindbad el Varado de Owen: “Encontrarás tierra distinta de tu tierra, pero tu alma es una sola y no encontrarás otra.” El epígrafe habla de un sentir, que Owen explora por medio de la poesía—como recurso, tema, obsesión y dama—, y de vuelta al epígrafe, acaso ésta casi logre trocarse en patria personal. El segundo reza: “Viajero: has llegado a la región más transparente del aire.” Reyes escribe su propio epígrafe como tendiendo un puente, una sugerencia, entre sus propias ideas. Atravesar de este epígrafe a Visión de Anáhuac resulta una verdadera apuesta por la transparencia, por la nitidez, por la saciedad del ojo, y el ensayo no decepciona en esos términos.

Concibo otro posible efecto del epígrafe, quizá el más humilde y grato: el de sensibilizar al lector. Y el epígrafe me parece óptimo para este proceso, pues veo en su brevedad, ubicación y, sobre todo, en la incontable abundancia de sugerencias que le afloran, una suma sustanciosa de condiciones para ensayar el pensamiento y la sensibilidad. Por ejemplo, en el siglo XIV, Mahmud Shabistari, poeta sufi, escibe: “Si la insignificante gota de lluvia abriera su corazón, contemplaríamos en su interior el fausto de cien mares”; Doris Lessing utiliza un fragmento que contiene esta sentencia como epígrafe para Instrucciones para un descenso al infierno, y así sugiere, más que una idea, un sentir que se torna en invitación con resultados múltiples e imprevisibles para el lector.

Añado, para terminar, que el epígrafe no debiera nacer de la mera necesidad de validar cierto escrito o de la de esputar cultura; el epígrafe que brota de tal modo, nunca podrá ocultar del todo —como puente— la torpeza de su arquitecto a los ojos de los peregrinos más ligeros.