°°°Las Cosas sin Importancia

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La vida literaria .3 : °°°Las Cosas sin Importancia
Columna: Las cosas sin importancia

Cigarros

Emilio B. Frosel

Theodore de Banville, el célebre escritor francés, fumaba incluso antes de cada cucharada de sopa y cuando hacía el amor. Sólo imagíneselo. Piense en él vagando por las calles con su cigarro prendido a la mano, pensando con atrevimiento que sólo poseyendo algo absolutamente inútil se puede sentir de cerca el reino de la belleza. Lo que no le sirve a nadie le sirve al arte. Así ha sido, a través de los tiempos, y así será. Ahora yo le pido a usted que revise cada una de las cosas inútiles, mínimas y a tramos lánguidas y torpes que hace y ha convertido casi por error o por descuido en una rutina, mientras se alimentaba con el licor suave y ligero del ocio (ese lento y necesario asesinato), y diga, con un atrevimiento casi equiparable al de los grandes hombres: ahí anida la belleza.

Quizá la única diferencia entre usted y aquellos grandes hombres es que éstos revaloraron las cosas que parecían no tener ninguna importancia y se dejaron perder y conducir por ellas hasta donde pudieran llevarlos. Donde un hombre limitado o simplemente desatento ve una pérdida, un lujo inútil que sólo aprieta y cierra los goznes de ventanas y puertas, aquel otro ve su yo relacionándose y aprendiendo con las cosas del mundo, ve una pizca de libertad en movimiento.

Esta columna está diseñada para voltear el rostro hacia las cosas inútiles, con la esperanza de que, perdiéndonos definitivamente y sin miedo en ellas, podamos encontrarles un nuevo eje, un punto de belleza desde el cual acechar e instigar al resto de las formas que nos rodean. No hace falta mucho esfuerzo para percatarse de que nosotros, hombres posmodernos, estamos condenados a diluirnos en cosas sin importancia. Asumamos esta condena como una misión: la de la belleza, la de la atención, la del diálogo. Si bien no podemos escapar a estas, muchas veces odiosas, cosas sin importancia, bien nos queda entonces intentar hacerlas más parecidas a lo que también deseamos para nosotros.

Annie Leclerc menciona que cada cigarro tiene su misión, está sujeto a su propio razonamiento: “montones y montones de pequeños posibles motivos pueden hallarse en nuestros montones de cigarros”. El cigarro es una femme fatale, es un hombre solo y frustrado, es el presagio de lo que comienza y la pira funeraria de lo que termina, es el que no encuentra lo que busca, o cuando lo acecha por medio del trabajo, en el silencio o en el reposo. El deber del cigarro como tal no debe, no puede aprehenderse. A lo más a lo que yo podría aspirar en este pequeño intento es a dejar aquí una definición peculiar, para quien se le antoje hacer uso de ella, del acto de fumar, tomada de una revista para promover el tabaco (¡) en el París de 1856: qui fume prie. El que fuma reza. Todo cigarro puede reanudar un rito, encender de nueva cuenta y por unos segundos la hoguera primigenia, el sacrificio que permite la continuidad, que nos enseña imprudente y dulce de la muerte y el vértigo. Pero por encima de todo, cada cigarro es en esencia y hasta que lo prohíban, libre.

(Atención: Esta columna no desea promover el uso de sustancias condenadas por las autoridades o instituciones. Desea promover el uso de la belleza como moneda única del cambio y la transformación.)