°El hombre desnudo - Alfonso Reyes

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La vida literaria .3 : °El hombre desnudo - Alfonso Reyes
El hombre desnudo*

Alfonso Reyes

Hay quienes dicen que los poetas son ineptos para la acción; hay quienes creen que los niños no sufren; hay también quienes aseguran que el hombre es sencillo. Caben todas estas especies en el mismo género de error.

Y ¿quién dijo que el hombre es sencillo? Acaso las literaturas de la fingida Arcadia; acaso los mismos que han querido hacer de los pastores poetas y de los poetas pastores: en suma, los alejandrinos de todas las épocas, en quienes el ansia de refinamiento se vuelve en una afectada ingenuidad.

Ellos son culpables; los mismos que del Eros anacreóntico, del dios poderoso y salvaje, que abatía al amante como el leñador abate un árbol, han hecho el vanidoso y liviano rapaz que todos conocéis, para uso de Meleagro y los madrigales de abanico. Ellos son culpables: empobrecen la vida. De la infancia, ese trágico descubrimiento del mundo, esta turbadora marea del conocimiento, quisieran hacer una edad de regocijos triviales; y pretenden convertir en manso y aseado cordero a esa hermosa bestia de la tierra: el hombre desnudo.

La existencia humana, si la desvestís de sus adornos, resulta un desnudo problema. Y mientras más se desciende en los grados sociales, mientras más se considera al hombre de carne, más crudamente se descubre esta viejísima verdad: la existencia humana es una fatiga, una lucha; y el gusto de la vida es el gusto de la complicación. No: la vida sencilla no es la vida genuinamente humana; la vida sencilla es el patrimonio de los dioses, no de nosotros. Por eso Sileno le decía al Rey Midas:

—O no haber nacido, o morir cuanto antes.
En las superiores formas sociales, puede creerse que el hombre vive menos para la vida misma —para la fatiga y la lucha— que para los adornos de la vida. Es verdad: aquel poeta da por bien sufridos sus dolores si acierta a cantarlos armoniosamente, y aquel sabio olvida sus materialidades sobre las esferas y las cartas. En cambio el hombre de abajo es un combatiente, y tiene que ser un perpetuo resolvedor de acertijos, como el Pícaro de la Novela Española.

Frente a frente de las urgencias vitales, sus manos se han hecho garras; sus piernas, resortes del ataque; retan o interrogan siempre sus ojos, y su inteligencia, en perpetuo asombro —ni distraída aún por las transitorias explicaciones científicas—, busca en cada signo un augurio, y adivina, en cada objeto, un oculto gesto antropomórfico.
La ciencia, rastreando el impulso de la vida y siempre en busca de sus secretos, según los va sorprendiendo va matando la vida. Porque lo que tiene secreto vive de su secreto, y para los que descubren el velo de Isis, pierde Isis la divinidad. El salvaje, que no tiene ciencia, se halla por eso en medio de la naturaleza viva, de la naturaleza fantástica: el mundo ha conservado para él su original misterio y exhala todavía el aroma milagroso de la creación.

Pero es la magia una infancia del pensamiento que sólo perdura en las etapas más bajas de la vida, las más inmediatas a la tierra, donde hay todavía hombres desnudos. Así, en las chozas se ha refugiado la magia. Los saludadores, los curanderos del pueblo pobre, os curan dibujando en el suelo círculos con la vara de la virtud y extrayendo de la parte dolorida un pájaro, una serpiente…

Pues ¿qué si recordamos las amenas recopilaciones del folklore? Las manchas de la luna no son tales manchas: hay en la luna un leñador a quien se ha llevado el viento por leñar en domingo; de la luna cae todas las noches un gato que maúlla sobre el tejado, y a la luna vuelve al amanecer. ¿Y las estrellas? Las estrellas son las vacas del cielo, a las que el peso invertido del aire impide caer.

Y si, por último, a la misma conversación del rústico acudimos, ¡cuántos esfuerzos, cuántas interpretaciones para orientarnos a través del torcido laberinto de sus frases! No puede haber jerga más complicada, no hay más torturada manera de decir las cosas. El rústico habla todavía en adivinanzas.

No es extraño: el don de expresar sincera y directamente es la corona del estilo, y la claridad es el premio de los desvelos. Si los animales hablaran de súbito, no dirían los nombres de las cosas, sino que hablarían por símbolos, como el vulgo: a la noche la llamarían “la negra”; a la mañana la llamarían “la rubia”.

El hombre desnudo representa la existencia humana en su crudo aspecto de problema, de asombro, de guerra y de símbolo confuso. El hombre desnudo es el hierofante del misterio.


[*]Reyes, Alfonso. “El hombre desnudo” en Obras completas de Alfonso Reyes, Tomo III. 2ª reimpresión. México: FCE. 1995. pp. 168-170.